Ya no recuerdo otro olor que no sea el del moho y la humedad.
Mis pies, ya casi con membranas, están permanentemente mojados.
Tampoco recuerdo los colores. Aquí todo se encuentra en la gama de los grises y negros.
¿Cuándo fue que entré aquí? ¿Por qué?
Del fondo de mi cerebro vuelve una imagen de un hombre vestido de verde con casco y un grueso cinturón. Lo visualizo alto e inclinado. Sus botas a la altura de mis ojos y mi nariz sumida en la humedad del piso.
En mi visión, la puerta de hierro se cierra y ya nunca vuelve a abrirse. Mis ojos, ciegos comienzan a adaptarse y rescatan cualquier diferencia cromática como un hallazgo.
Se que me observan, no es verdad que estoy solo.
De la tolva en la pared recibo alimento. Nunca falta. Tras el ruidoso sonar de bisagras he aprendido a reconocer el valor nutricional del potaje que me mantiene vivo.
También he perdido el gusto; no mas sabores para mí. Intenté cazar un insecto para hacer la prueba, pero todo sabe a potaje. Indiscutiblemente.
¿Podría recuperarme de esto si alguna vez saliera de estos dos metros cuadrados?
¿Alguien me esperaría? ¿Alguien me reconocería?
Mi espalda esta encorvada, mis huesos frágiles. Los pulmones no funcionan en su total capacidad. Pero mientras viva guardo una esperanza. Si aún continúo aquí es porque les sirvo de algo. Mientras no se cansen de observarme y alimentarme aún conservo mi valor. Valor de intercambio por supuesto.
Me pregunto si aquel que será mi salvación esta pasando por mi misma suerte. Me intriga saber si él tiene esperanzas. Si recuerda el mundo. Si le gusta el potaje.
HI
26/08/09.